martes, 13 de diciembre de 2011

Se fue El Hombre de la Rata


Hace muchos años, cuando empezaba a acercarme a los intríngulis del teatro fui a un espectáculo en el Ateneo del Táchira y vi El Hombre de la Rata (a cargo de un grupo de San Cristóbal) cuyo autor del texto era el maestro Gilberto Pinto. La dramaturgia me resultó atractiva por su particular manera de narrar la historia de un hombre que buscaba un urinario, y después aparecía aquella idea hiperbólica de una rata que lo acosaba, que lo sometía a una tortura ideológica que lo dejaba totalmente devastado. Salí de allí queriendo hacer mil cosas, revisé cuanto pude del autor de la pieza, hasta pensé en las diversas maneras en que la podría montar –en caso de llegar algún día director de teatro- y me impulsó a seguir por estas rutas de las artes escénicas.

Este trabajo escrito por el maestro Gilberto Pinto fue tan impactante, que muchos de nuestra generación fuimos, de una u otra manera, influenciados por un estilo teatral que no sólo llegó hasta la Rata Gigante, sino que se aproximó a otras historias como La noche moribunda; Los fantasmas de Tulemón; Lucrecia; La buhardilla; La noche de San Juan, que juegan a lo absurdo con una dosis bastante caribeña, para acercarnos hacia una identidad teatral más venezolana, que se abre paso en medio de las corrientes foráneas  que nos ha tratado de empujar al caos de la investigación gestual.

El maestro Pinto que hace apenas unos días partió, para dar paso a una nueva manera de eternidad, nos deja su legado de más de sesenta años de aportes al teatro venezolano, un estilo de organizar el texto, de acercarse mas a los conflictos existenciales que poseemos y que son propios de una región como la nuestra. Es uno de los valores teatrales que hemos tenido y que instaura un movimiento de reafirmación de estéticas, y para ser mas exactos, de una poética de la venezolaneidad,  que permitió a nuevas generaciones vernos frente a retos que permiten la denuncia efectiva,  la instalación de un teatro que respira y vive en función de los medios sobre los que está inspirado y se innova a cada instante.

Es de nuevo un golpe que recibimos sobre ausencias físicas, que nos acerca a una tristeza por los que se van,  pero recapacitamos de inmediato y reconocemos la labor de un hombre que dedicó toda su vida a impulsar el enriquecimiento y afianzamiento de la formación del teatro venezolano. Un movimiento artístico que todavía hoy está detrás de ésta búsqueda y reafirmación de acciones que respondan de una vez por todas a la interminable manera de revisar nuestros imaginarios, como aquel hombre de la rata que se vino abajo para encontrarse a sí mismo y definirse como un habitante mas de un caos que sólo él podía entrar a restablecer. De la misma manera el maestro Pinto se dejó llevar por esta preocupación y trató de organizar una poética, que no sólo lo llevó a escribir historias dentro del teatro, sino que fue más allá y procuró abrirse paso en medio de una teorización en la formación del actor, siendo este uno de los aportes de mayor importancia para la orientación de nuevos directores.

Es una pérdida irreparable, pero ahora mismo estamos en la obligación de expandir su legado, de recalcar en las generaciones noveles de hacedores de teatro que debemos desempolvar los padres del teatro contemporáneo de Venezuela, y dejar que de allí renazcan las formas más idóneas de un teatro experimental que se atreva a exponer sin temores, las posibilidades de un texto dinámico, que se enlace con las vanguardias, pero al unísono, las funda para conformar un panorama estético más complejo y más interesante.

Desde esta columna espero podamos enviar una palabra de aliento y un mensaje de tranquilidad a su familia y sus amigos cercanos en un momento tan doloroso, pero deben estar seguros que el maestro Pinto está conforme con su trabajo, por su legado, por ser uno de los protagonista de un movimiento teatral contemporáneo en Venezuela.

Estamos de luto, pero de igual manera le agradecemos por este trabajo tan importante que durante más de sesenta años nos procuró y del cual algunos nos convertimos en sus fanáticos.

Se fue el Hombre de la Rata, pero nos deja sus relatos, sus historias, sus ideas y su vida…

El teatro le ha devuelto su trabajo en creces visiblemente en el reconocimiento que se merece y sólo me resta decir una vez y ante tales acciones tan loables que: El Teatro es un peligro para nuestra Ignorancia.